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En pocas ocasiones la llamada “música del alma” ha cobrado tanto sentido como el pasado domingo 21 de diciembre de 2008.
Patio 130, sepultura número 369. Familiares, vecinos, amigos, la guitarra y la voz de Jorge Jiménez y la armónica de Erwin, sonando bajo un árbol, en medio de las banderas del Colo Colo y la Universidad de Chile que flameaban amarradas a cruces y nichos en diversas zonas del Cementerio General de Santiago. Nuestro emblema patrio flameaba también dando a esta despedida un carácter de hecho que marca nuestra historia, nuestra conciencia, nuestra vida.
Los versos de “Las mentiras se las lleva el viento” vuelan por el lugar, nos conmueven hasta los retuetanos, porque efectivamente, lo que está sucediendo es verdad, innegable, concreto, real… es decir, no hay mentiras en este momento. Tal como fue la vida del hijo, hermano, esposo, padre y amigo cuyo cuerpo descansa bajo tierra. Una vida íntegra, ética en el sentido más extenso de la palabra.
La muerte de Jaime Campos Naveas, ocurrida a las 23:18 del viernes 19 de diciembre en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile, marca el final de una vida dedicada a crear lazos, generar encuentros, buscar alianzas y derrochar amistad, simpatía, afecto, emoción, música, en una frase: una vida para el blues.
La vida de Jaime fue intensa y llena de experiencias definitorias. Hermano mayor de una familia numerosa, su pasión por buscar, descubrir y hacer a toda costa, lo hizo músico autodidacta, conductor de radio en una odisea del blues, diseñador gráfico y también forjador de sueños, entre muchos oficios que abordó con la misma pasión que entregaba a su familia, amigos y en especial a la música. “Lo que se proponía, lo hacía”, me confesó su padre en la pequeña capilla de calle Cumming donde velamos sus restos. Claro, se proponía algo y lo sacaba adelante, con solvencia, con honestidad, sin protagonismos vanos, con pasión y generosidad. Lo vimos dar muchas horas de descanso a la organización y producción de las cinco versiones del Festival Al Sur del Blues, preocupado de todos los detalles y aportando lo más sustantivo del evento: “su alma blusera”.
Por eso cuando escuchamos a Jorge cantar “de un polvo nací y en polvo me convertiré…” reconocemos como esencial que lo que hay entre “polvo y polvo” debe ser sustantivo, trascendente, permanente. Porque la fragilidad de nuestra vida nos impone dejar algo que perdure.
Jaime nos deja un legado trascendente. Jaime nos deja un legado fecundo.
Jaime hizo de su vida un viaje del alma. Y en los últimos años luchó contra una cruel enemiga, que trató, en vano de romper su espíritu. Pero el cáncer fracasó, no pudo con él, porque Jaime venció con su amor, dando testimonio de su propia Odisea del Blues.
Jaime viaja ahora por los confines del ancho universo, en las alas de la música del alma, bluseando inflamado de amor y alegría.
Querido Jaime Campos Naveas… Continúa bluseando por los siglos de los siglos.
Post data. Quienes lo conocimos personalmente, extrañaremos su abrazo ¿verdad?
Santiago Ramírez
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